sábado, 16 de agosto de 2008

+ así fue como debio pasar +

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Pero lo que debió haber hecho ni bien colgó el teléfono era salir de ese lugar como sea. Aprovechando lo que quedaba de luz del día, debió salir corriendo en busca de un carro cualquiera. Sabía que una amiga vendría pronto, que su papá la estaba trayendo en carro. Pudo haberle pedido que por favor la sacara del local, que la llevara a un lugar transitado, que pudiera encontrar una avenida cualquiera donde se pudiera embarcar. Y debió haber dado la dirección del lugar del encuentro a ese taxista, decirle que se apure, que no quiere llegar más tarde de las seis. Que quiere ser ella quien lo espere en alguna banca, que sea ella quien lo abrace y le diga lo que siente sin un orgullo que la retenga y se dedica a esperar. Que le haga sentir que nada se ha quebrado. Que la torpe discusión inicial fue sólo eso, una torpeza, un malentendido. Que dentro de los abrazos las dudas no existen, que los besos lo son todo y el sentimiento uno solo. Que debió aprovechar toda esa noche de libertad para pasarla a su lado, que debió regresar a casa un poco tarde y preparada para un buen requintón. Que asumir el disgusto de un papá sobreprotector ya era lo de menos y que el haber solucionado el problema entre los dos habría sido lo mejor. Que no importaba que hubiera sucedido después, si la relación no funcionaba, si alguien se confundía, si el querer se terminaba, si ya no había más que hacer. Importaba que en los momentos cruciales se vieran a los ojos y se dijeran lo que sentían, si uno estaba molesto, si otro dudaba o si uno lo quería más que ayer. Importaba que solucionaran las diferencias en el momento indicado. Que los segundos no iban más rapido que la mala suerte de dejar pasar el momento, o dejar la solución para después. Que el momento para decir lo que sientes es siempre ahora, que tal vez las palabras no sean suficientes o que tal vez lo que hagan falta sólo son las miradas y un tacto sutil. Que no se necesita más que eso para decir un te quiero. Que todo puede ser más sincero si tan sólo dejáramos al resentimiento partir.
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martes, 15 de julio de 2008

+ así fue como pasó (II) +

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En medio de una vereda desolada bajo una lluvia aparentemente incesable ella profería palabras que él no lograba entender. Completamente empapados al frente del acostumbrado café en plena madrugada, él por fin logró abrir el paraguas. Abrió uno de los lados de su casaca para cubrir la espalda de ella a medida que huían del agua. Ella intentaba decirle algo pero el fuerte sonido de las gotas chocar contra el asfalto y la lucha agitada contra el frío ensordecían a un distraído chico que tan sólo intentaba cogerle la mano. Corriendo cada vez más rápido y en pasos un tanto descoordinados bajo un mismo paraguas, él le insistía a ella que hablara más alto. Los labios de ella se movían sin sonido alguno. Él insistía. El frío le congelaba las manos y casi no sentía sus piernas correr. La miraba sonreír y hablar palabras mudas: el rostro empapado, la mirada iluminada.

Sin saber lo que le decía él también le sonrió. Pensó que solo bastaba la sonrisa de su mejor amiga como para sentir dentro de su pecho, alguito de calor. Nada mejor que esto, no. De pronto al voltear el rostro, justo en el momento en que cruzaban una pista aparentemente abandonada, un carro se detiene de golpe frente a ambos y él, ante el impacto, salió volando como muñeco de trapo por los cielos. Todo perdió sonido y todo alrededor parecía desvanecer. Pudo entender entonces, lo que ella le había querido decir. ¿No lo recuerdas?, le decía cuando corrían. Ahora lo recordaba mejor. Y nota que la sonrisa de aquella niña que corría a su lado es la misma sonrisa cautivante que ella tiene ahora, como mujer. Inmovilizado, sonríe con dolor. Tal vez pensó que debió ser más sincero…tal vez pensó que ante tanta pantomima, bajo la lluvia, tan solo debió robarle un beso.
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lunes, 14 de julio de 2008

+ así fue como pasó (I) +

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Ella se sujetaba el cabello para que él pudiera recorrerle el cuello con sus labios mejor. Cerraba los ojos y le decía que no se detuviera, que siguiera, que siguiera...Le mordía la oreja mientras él acariciaba una espalda de protuberante final. Maldito sea ese tipo, pensaba. No podía dejarlos de imaginar. Él sobre ella, ella sobre él...Salimos del cine y ella comenzó con el blah blah de que era tarde, que la iban a castigar, que aún seguía en el colegio y que mañana tenía trabajo grupal, etc, etc. Le derramé mi gaseosa sobre su pecho. Perdon, le dije. Quise que pareciera accidental. Ella me miró con dureza y no me dijo palabra. Sabía que la estaba pasando mal. Sabía que quería deshacerse de mí pero no me importó. No soy su muñeco de trapo, me dije. No, no lo soy. Me convencí.


Me dijo que se sentía avergonzado, que quería compensarme invitándome a comer algo especial. En realidad quería irme lo más pronto posible pero como tenía hambre acepté la invitación. Sentía frío en el pecho. Él lo notó, pero no me dio su casaca ni me abrazó. Que idiota, pensé. Aún no entendía porqué había salido con él. Por momentos era complaciente, por otros, no.


Fuimos a un local de comida rápida. Entramos. Una vez sentados y en silencio, su celular sonó. Era el tipo. Lo supe por su mirada y por el tono de su voz.


Traté de responderle lo más breve posible para que no sospechara. Recuerdo que me miraba demasiado. Intentaba evadir sus ojos pero era inútil. Estaba por doquier. Colgué. Le sonreí y le dije si ya nos podíamos ir. Ya no tengo hambre, le dije. Yo sí, me respondío.


Le dije que era una consentida. Luego de un silencio, ella empezó a decir tonterías sobre nuestra diferencia de edades...que si yo era tan mayor por qué no mostraba un poco de seriedad y cosas por el estilo. Me decía cosas a las que ya no prestaba atención. Blah blah blah hasta que su celular sonó una vez más. Una sensación caliente recorrió mi garganta. Antes de que contestara,

me clavó con la mirada y me dijo:

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Él no estaba bromeando. Lo decía en serio.

Ella contestó e hizo lo que le dije.

Hice lo que me dijo. Me seguía mirando y sentí miedo.

Fui un idiota pero no quise pedirle perdón.

Me dijo que pidiera algo de comer.

Sus manos temblaban y me dijo que no.

Quise que se fuera pero se sentó a mi lado.

Quería decirle lo mucho que me gustaba pero me callé.

Me susurró perdón al oído una y otra vez .

Ella me apartó.

Él se alejó.

Le dije que era una engreída, que si quería irse que se fuera.

Me dijo "¡entonces, vete!"

Y ella empezó a llorar.

Y en realidad, no quería irme.

Quería que se quedara.

Y ella no se fue...

Y él me abrazó...

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jueves, 10 de julio de 2008

+ eterno resplandor +

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Está lloviendo y no se molesta en llevar el paraguas. Llora descontroladamente y se dirige a una cabina telefónica a meter unas cuantas monedas por entre una desgastada ranura. Las uñas sucias de dedos temblorosos le hacen recordar el estado patético en el que se encuentra. No le interesa. Se limpia la congestionada nariz con la manga de su casaca. Red ocupada. Sale de la cabina y la lluvia lo baña como si estuviera perdido dentro de una ducha sin techo y cortinas. Empieza a trotar. Las botas salpican charcos de suciedad a la gente que camina cautelosamente a su alrededor. Lo maldicen. Loco, dicen algunos. Demente, le gritan por detrás. De pronto la casaca le empieza a pesar. Siente que es peso muerto, así que corriendo, se deshace de ella y siente como las gotas lo empapan de frialdad. Se detiene. Llega al cruce de las cuatro avenidas. Los autos avanzan indiferentes y los semáforos no dejan de parpadear colores que a duras penas logra distinguir. Estás perdiendo la vista, amor mío. ¿Por qué no te detienes? No la encontrarás. El pecho agitado le recuerda la existencia de un corazón que creía extraviado. Bombea, bombea. ¿Cuánto más hace falta para que pueda estallar?

Clemencia,
piedad.
Clementine...
Clementine...

sábado, 21 de junio de 2008

+ carta a un extranjero +

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Hola. Disculpa que haga esto sin aviso previo. Perdona que haga un viaje al interior, que vas dejando al olvido, en lugar de un exterior. Y no es que existan reproches ni caprichos que como vino seco prefiera callar. Los recuerdos son lindos. Lo sabes. Siempre lo serán. Y verás sorprendido que días futuros traerán dulces momentos repeditos. Que será otra la chica, otro el lugar, otras las palabras, misma la esencia, misma película blanco y negro que cobra una nueva tonalidad. Perdona, perpetuo incierto, eterna sonrisa, esta manera de dejarnos partir. Nada tiene que ver el distanciamiento de hace cinco años (lo recuerdas?), ni las ganas de verte, ni de tenerte cerca como niña que busca el abrazo del hermano mayor. No te ofendas. No es que no lo quiera ahora, es tan sólo esa puerta y ese momento (tu y yo) en mis 18 años. Yo con mi mochila, tú con las maletas. Hace dos años...


Y perdona que permita soltar el delgado lazo que nos ata. Que vivimos tan lejanos que el día a día nos hará olvidar. Que tan sólo dulces dejavus nos harán recordar lo no vivido y lo sí callado. Y como dice la canción, que 20 años no es nada, que febril la mirada que errante en la sombra te busca y te nombra. Que como digo yo, eneros silenciosos no significarán nada. Que será otra la chica, otro el lugar y otras las palabras. Y estará bien.


Que seremos distintos mientras estes lejos,
Que seremos los mismos, cuando decidas volver.

miércoles, 12 de marzo de 2008

+ momento avant +

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Hace viento y te pierdes como polvo en medio de engañosos torbellinos. A duras penas eres peligro para alguien, ese alguien que sucedo ser yo. Eres sombra. Te inmiscuyes en la luminosidad de un sendero prometedor. Ése mi sendero. Persistente acosador. La luz te da tu existencia. ¡Dependiente! Pasado que tan solo queda socavar. El marcador está una vez más desde cero ERGO una carrera a punto de empezar. Los segundos pasan acompañados de un nuevo aroma que entibia la piel. Mi piel. Una nueva sensación. Pero no siento (te culpo). Totalmente, aún no. Y no se siente tan mal. Por el momento, es lo perfecto, (te lo agradezco), es lo mejor.

martes, 4 de marzo de 2008

+ 51 letras +

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Hagamos un escrito los dos.

Seré yo la pluma y tú la inspiración.
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sábado, 1 de marzo de 2008

+ sin explicación +

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El encuentro fue casual, claro. Era una época en la que él se sentía dueño de su vida muy a pesar de ser todavía un chiquillo dependiente. Ella en cambio andaba en sentido contrario. Estaba en los inicios de una edad espléndida pero lamentablemente truncada por una mentalidad de temor. Se vieron por primera vez en una tienda de discos. Ella era la vendedora y él, el cliente exigente. Apenas se miraron a los ojos mientras ella envolvía el disco de heavy metal y él rebuscaba el dinero dentro de su billetera. No se dijeron ni gracias ni hasta luego. Inmersos en pensamientos, sus vidas se resumían en cortos momentos que marcaban etapas: ella acababa de terminar con su novio, él de recibir unos cuantos golpes de su papá. Se vieron por segunda, tercera y cuarta vez dentro del mismo autobús que tenía por destino las afueras de la ciudad. Tampoco se vieron a los ojos y tampoco se supieron reconocer cuando a ella se le cayeron un par de libros de las manos y él, por una extraña e inusual razón, decidió ayudarla a levantarlos. La quinta vez fue dentro de un ascensor luego de seis años de encuentros casuales. Ambos estaban en un país lejano del que alguna vez habían nacido, ambos huyendo, ambos buscando recomenzar. Los dos tomaron el ascensor en el primer piso con el deseo de llegar al piso 22. Por primera vez se miraron a los ojos parsimoniosamente. A ella le gustó él. A él, por el contrario, no tanto. Estuvieron solos durante el trayecto de tres minutos de silencio. Él fue el primero en apartarle la mirada. Ella, olvidándose de la atracción, salió del ascensor primero y se dirigió a su habitación.

Cuatro días después le pareció haberla visto atendiendo en un restaurante. Por una (y segunda) extraña razón él quiso cerciorarse y le dirigió la palabra a la camarera. Al voltear no fue ella. Misteriosamente decepcionado, él se dio cuenta de sus repentinas y curiosas ganas de verla a ella. Sí, a ella. Así, la sexta vez que se vieron no fue casual. Él logró averiguar un poco de ella en recepción. La siguió un par de veces y le sonrió cuando pudo. Pero a ella ahora le parecía poco atractivo. Tenía la barba desordenada, el pelo desarreglado y la mirada desorbitada. Sólo recién a la 12va vez que se vieron (ella, una fotógrafa inspirada en una galería, él, el pintor) se lograron conocer. Recordaron un poco la adolescencia al notar lugares y ambientes comunes entre los dos. Ambos riendo un poco. Ambos sin saber de sus primeros encuentros a la edad de dieciséis. Empezaron a salir. Dos meses después él se tuvo que ir y ella lo terminó. No hubo amor. Cada quien siguió su vida pero tuvieron que pasar tres años después para darse cuenta de que en realidad, cada uno por su cuenta no podían seguir. El error que ante un orgullo debilitado tuvieron que reconocer: sí hubo amor. Se casaron. Para muchos fue una locura porque solo habían estado saliendo un par de meses y años después decidieron amarse. Eso pensaban, “decidieron amarse”. Pero la pequeña ceremonia de un matrimonio civil, cálido e innovador, de una pareja de inevitables encuentros era lo suficiente como para no dar explicaciones de aquel lazo que los unía a los dos. Y es que tampoco existían explicaciones posibles que dar. Sólo sucedió. Y ninguno de los dos, lo pensó dos veces. Y es que tan solo…

no le busquemos explicación.

martes, 26 de febrero de 2008

+ habitación 107 +

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Él estaba aún en el pasillo. Caminando a paso lento por el primer piso se dirigía al ascensor. La puerta de metal se veía a la distancia, pero la letanía de su caminar lo hacía cada vez más consciente de sus pocos deseos de llegar a su habitación.

Dentro sentía un instinto que con susurros y ecos le recomendaban un camino mejor.

El raciocinio le decía que mantuviera el temple pero inútil fueron sus intentos de cordura cuando al pasar por la habitación 107 vio la puerta abierta y a ella esperándolo de pie. Sin decir palabra ella se acercó y de la mano lo llevó dentro de la habitación cerrando la puerta con seguro tras de él. Las palabras de un rebuscado y forzado rechazo no pudieron salir de sus labios en el momento en que ella juntó su pecho con el suyo. Desabotonando los primeros botones de su camisa, ella tomó su mano izquierda y con los dientes le arrebató el anillo dorado que asfixiaba su dedo anular.

(inconsciencia...)

En la habitación de arriba lo esperaba la mujer a quien le había prometido amor eterno y cuyo nombre estaba grabado en el anillo que ahora yacía tirado en el suelo.

jueves, 21 de febrero de 2008

+ al pequeño burgués +

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Un actor. Un escenario. Butacas casi vacías y gente bostezando. Escena número IV. Maurice debía mirarse al espejo e iniciar el discurso existencial. Algo así como la mentalidad esteta buscando camino a la esfera religiosa por entre la duda. El descubrimiento de la no existencia de una personalidad era lo que se debía interpretar. Toses de las falsas y forzadas. Debes ignorar, pensaba. Concentración. Un actor. Podía hasta contar el número de butacas que padecían el sobrepeso corporal de algún susodicho tras el lloriqueo de un agonizante resorte en oxidación. Escena número… El piano empieza a sonar. Las notas pausadas son gotas que caen para un tímpano de sensibilidad. ¿Es que sienten lo que yo siento? Un escenario. ¿Es que entienden lo que una representación busca expresar? Butacas casi vacías y gente bostezando. La puesta en escena no es un reflejo de arte si no se le entiende, si no se le siente. Actuación sin sentido es sólo falsedad. Movimientos premeditados, rostros fingidos, palabras memorizadas no son más que pedazos de una realidad hipócrita y pretendiente para un público inerte alimentado de incredulidad…de automaticidad y detrimento inevitable. Escena número…escena número IV. Maurice debía mirarse al espejo y lo hizo no actuando, sino con la naturalidad de una repentina privacidad. Su rostro es flor marchita. Sin guión, no tiene mensaje. Sin público que atisba, no tiene vida que dar. Los pétalos caen y el telón también. La función no culmina.

La poca gente se queda, pero Maurice sin darlo todo se va.

domingo, 17 de febrero de 2008

+ tomando dos sitios +

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¿Cual es tu historia? ¿Cuál tu tristeza? Los jueves son días de documentales. Llegas un poco tarde pero llegas sin falta. Los viernes son días de cine independiente. Ya no vienes. Pero los domingos sueles venir ocasionalmente; acaso porque una vez la encontraste sentada en la primera fila con esas gafas de inimaginable medida y con el cabello a duras penas recogido, casi como si recién hubiese despertado, casi como después de haberle hecho el amor en el momento preciso y en el lugar menos indicado. Te sentaste tres sitios detrás de ella tan sólo para observarle el cuello y forzar tu sentido de olfato. Adivinanzas y acertijos se te ocurrían durante la función y deseabas poder susurrarle alguno de ellos al oído. Dos veces ella volteó el rostro sin saber exactamente qué buscar o qué ver. No notó tu presencia pero tu sí estudiaste ese movimiento de su cuello, la intuición femenina, la duda, la curiosidad de un felino que de tantas vidas no muere. Cual era su historia, cual eran sus sueños no lo sabías. Sabías que con ella algo tendrías, que detrás de esas gafas estaba la chica que seguramente alumbraría algunos de tus días. Lo sabías. Sólo algunos. Efímera compañía.

Ella se viste frente a ti y ya no sonríe como los primeros días. Efímero fuiste tú para ella. Ni detrás de sus gafas alguna lágrima tímida se esconde. No se le aflige el pecho y por eso, sin dificultades, ella supo decirte adiós. Los destellos de recuerdos te azotan en un desmedro de nunca acabar. Reconoces en tu sorpresa que no había tiempo definido para ella. Que lo pensaste, que lo quisiste. Sin embargo, tiempo fuera. No más el desliz de un aroma que recorre un cabello que se va soltando. No más el narcótico después del amor. De hacer el amor, tan sólo con ella.

¿Cuál es tu historia? ¿Cuál tu tristeza?
Sentado en la misma butaca, esperas. No hablas con nadie.

Tan solo (la) esperas.

lunes, 28 de enero de 2008

+ quiza casualmente +

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Los besos repartidos que ella creía destinados a una fugacidad condenada al olvido resultaron ser más que eso. Y no sabe que sucede y no puede discernir con acostumbrada certeza. Pero los labios entreatrapados dicen más que lo que dicen cuando estan separados y lo que no dicen es ese tácito acuerdo de compromiso y libertad. Contradicción sin saber. Supuestamente, sin saber. Pero las miradas complementan el silencio de un tacto sutil, de esa tu manera de pronunciar las palabras, de ser un nuevo pecho y nuevos brazos donde sentir la comodidad. Y no sabemos la temporalidad de lo que supuestamente estaba destinado a ser fugaz. Y las estrellas fugaces son solo mitos. Nos negamos a verlas y entrelazados en una suave diversión sonreímos a la realidad. Nuestra realidad. Las manos corren sin saber y la respiración se vuelve una sola en una dimensión que desconocemos y poco a poco vamos descubriendo. Y me gusta cuando te enojas porque son solo tonterías de saber que algo sincero está sucediendo. Y es que tal vez no lo sea del todo. Pero es así como quiero descubrirte (descubrirnos), sin miedo y llevadera, sin necesidad de sentirnos mal.

sábado, 26 de enero de 2008

+ habitación 105 +

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Inmerso en un silencio peyorativo y con las lunas de los lentes algo nublados, él la mira a ella sentada en el sofá jugando con sus dedos y un vaso de agua. Su brillo se había perdido y ahora sólo quedaba ella y la pena. No podía decirle nada en ese momento, la impotencia de no saber cómo reconfortarla era mayor. Ella por su parte, pensaba en aquel que días antes, sin previo aviso, se había marchado. Como recuerdo suyo tenía, en su vientre, a un niño que llevaría su nombre y su sangre. El niño no tendría padre. Ciega la vista y ciego el corazón roto que no pudo verlo a él, (este otro) de pie frente a ella, verla mover sus dedos con un vaso de cristal. Ella pensó mejor amigo, no estas aquí. Casi leyendo su pensamiento, de la habitación 105 él decidió partir. Con la inutilidad en los labios que no pronunciaron palabra cerró la puerta tras de sí sin arrepentirse de no haberle dicho ven conmigo, yo te haré feliz.

¿Por qué entonces, sin arrepentimientos, sintió su pecho contraído y su cuerpo débil al caminar?

viernes, 25 de enero de 2008

+ trece once cero siete +

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Y como por ahí dicen, la gente gritó más fuerte que lo gritado alguna vez dentro de un estadio de fútbol. Y el sudor de miles de personas se entretejió en un hedor comunal que estuvo lejos de ser desagradable. Los cuerpos se rozaban y se balanceaban a los lados al compás de los sonidos y la perdición mental: el poder volar estando de pie, el cerrar los ojos en medio de un éxtasis musical... Escuchar la voz viva retumbando en los oídos ya no parecía una mentira sino más bien una completa realidad. Palpable con los sentidos: como azúcar en la lengua o como sumergirse en la profundidad del mar. Y pareciera que las ondas distorsionan la materia que conforma la corporalidad: ese extraño desdoblar. Casi como si la profundidad marina me convirtiera en un reflejo de movimiento pendular. VOLTA. El corazón bombea como el sonido de un bombo de nunca acabar. Energía viva como la de un reción nacido. Pupilas dilatadas. Ese sentimiento no de fanatismo, sino de una vivencia real. El sentir especial. Ese sentir y el de muchos otros cantando al unísono de una voz particular. Los sonidos y el sentimiento de pertenencia. No se puede pedir más. Eso parece.

Pero yo pido más.

martes, 22 de enero de 2008

+ I.D.U.R +

Impossible Denial for Unspoken Requests
(A little portrait of those who never get it...

...and never will)


Walking down the street he remembered the times she threw all kind of things in an attempt of hurting him badly. She had discovered, once again, that he had cheated her in the middle of her 20th birthday party. She called him names he had never heard before, insults that seemed to be so harsh and at the same time so true that he didn’t feel offended at all. She said, “you might as well suffer what I’m suffering right now” while she was packing her clothes and walking stormily through the room. She put the underwear after everything else inside her tinny lucky old bag. He thought in asking her if it was possible for her leaving the lucky bag with him, but no request came out of his mouth when he saw her face full of tears when she finally reached the door and looked at him straight into the eyes. It is difficult to swallow words and keep the mouth shut. He though that even if he dared to ask what he most sincerely wanted, a petition quite selfish that he even wasn’t willing to turn into a beg (just to not give her the pleasure), it would have been all for nothing, words gone with the wind, lost chances after inevitable mistakes.

In a second or two, in the meantime she had been packing her clothes he realized a new desire inside himself. He felt like touching her again. Watching her naked. Admiring perfections and missperfections of a given body which he wanted to make his own's beyond some hormonal fact. He could love bodies and fuck them if he wanted: the cheating, the lies. But no fucking was involved at this point. It wasn’t exactly an issue of bodies anymore. He looked back at her and then said nothing.

...What was it then?

He couldn't tell so he waited for her to leave. She opened the door, looked at the front and went away without even closing. And then without knowing what he was supposed to do, he ran after her almost the second after she disappeared from the room. He caught her at the stairs and threw her tinny lucky old bag away. They both looked themselves straight into the eyes. He grabbed her wrist and with a final sincere kiss he made her stay. Just like that. He made her stay.

jueves, 17 de enero de 2008

+ la intersección +

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Y el hombre de negro vio la luz fuera de su apartamento y por primera vez en cinco semanas decidió salir. Se llevó unas cuantas monedas a los bolsillos y bajó las escaleras silbando con paso campante. Una vez cruzada la puerta del edificio su rostro adquirió una expresión sombría. Dio los primeros pasos sobre el asfalto con temor. Escuchaba sus pasos atentamente. Sus ojos eran presa de una mala e inevitable sensación. Y caminaba poco a poco más rápido. Agitado. Apresurado. Como si estuviese a punto de perderse de algo. ALGO. Y de pronto en la oscuridad se detuvo respirando como perro, temblando como conejo enjaulado. Mirando a todas partes nadie aparecía. Las luces de los postes alumbraban una calle completamente vacía. Madrugada en la humedad de una ciudad perdida. El hombre de negro no había visto caras en cinco semanas. Ni su rostro ni su reflejo eran bienvenidos por los espejos y sus pupilas no eran más anfitrionas de imágenes vivas. Y quiso buscar a quien culpar por la repentina falta de luz. Esa su luz que había venido a capturar.

Y se oía a lo lejos la venida de ese fierro. La velocidad galopante. El olor humeante. Y desde la vereda el hombre de negro contempló la intersección. Como hombre enamorado cruzó a paso lento y recordó en su locura asfixiada la vez que cruzó la misma senda cuando aún tenía patética ilusión. Venía de compras, andaba de ida, de vuelta y caminaba. Caminaba en tinieblas, conciente de todo aquello que disgustaba y que avezadamente enfrentaba. Y cinco semanas bastaron para que se sintiera perdido en el mar del sí mismo. Y naufragó como quien bebe de agua salada y sufre de alucinación. Y la luz venía hacia él. Sonaba la advertencia. El fierro. Pero él no se movió. La luz que se acrecentaba le cegó los ojos y con el último parpadeo hecho en la noche, el ferrocarril se lo llevó de encuentro aplastando cada uno de sus huesos en una extraña armonía que sólo su alma en el limbo podía hallar satisfacción. Complacencia. Extraña satisfacción.

viernes, 11 de enero de 2008

+ habitación 104 +

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En la ducha ella rie en juguetones abrazos. Besándole el cuello, él no la aparta de sus brazos. Los segundos parecen no transcurrir cuando ambos cruzan miradas. Por un extraño motivo las risas desvanecen y sólo resta el silencio que enigmáticamente los une a los dos. Casi sin parpadear en un momento de quietud y de sempiterna calidez, ambos juntan sus cuerpos con un dolor interno que no saben comprender. La mano de él impulsivamente palpa el rostro de ella hasta recorrer como gotas que resbalan la piel de su espalda. Ella junta su cabeza a la de él, con una mano le acaricia la mejilla y lo mira como si fuese un niño que no puede perder. En la habitación 104, ambos se besan perdidos en los labios del otro sin risas ni llantos. Ensimismados en un mundo lejano al nuestro,

ellos hacen el amor.

jueves, 10 de enero de 2008

+ vive para contarlo +

... Y es león dormido y espera pacientemente que alguien se le acerque. Que le jalen la melena sin temor. Un amor. Que de un mordisco pueda jugar a ser Dios con el adiós. Y no sabe por dentro que no es bueno para las despedidas. Que quisiera despedirse, despedirla, que quisiera poner fin por fin a la existencia del otro perteneciente a un mundo que sólo cree para él. Y ese león no sabe. Cree saber y juega al azar. Utiliza los dados. No da pasos firmes porque la única vez que estuvo a punto de hacerlo sintió miedo y prefirió ser fierro oxidado a que valerse de aceite para no chirriar. Y esa falta de aceite le hace sentir como león de metal. Una carcocha que duerme y no sabe rugir. No tiene motor dentro y las garras que sobresalen de sus patas no son más temerarias ni peligrosas para quien lo quiera intimidar. ¿Intimidar? Y el recuerdo del aceite que alguna vez tuvo aún huele en su cabellera. Y lo percibe. Y la siente. Y se recuesta sobre el césped para poder olvidar. Para olvidar lo que tuvo y lo que nunca tendrá.

martes, 8 de enero de 2008

+ un enano en crack +

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Tenía toda la plata del mundo y se decía que respiraba otros aires por altivo en carácter y alto en estatura. Un buen día en un callejón de la Calle Pared lo acorralaron y le robaron todo lo que tenía. Andó quince cuadras en calzoncillos con más de trescientos pares de ojos mirándole el miembro y burlándose a sus espaldas y por qué no, en su cara y pecho. La humillación lo terminó por asfixiar y perdió el conocimiento a dos cuadras de un lujoso hotel en el que se alojaba. Pensó que al día siguiente despertaría en un cuarto desconocido pero cálido al menos. Y grande fue su error al ver que aún yacía tirado en el suelo: ahora sin calzoncillos y con la gente caminando a su lado como si fuera un común pordiosero. Y nuestro hombre altivo no sabía de qué estaba hecho el mundo y no sabía en que dimensión desconocida había ido a parar. Y una niña de cabellera negra saltó sobre su pecho y gritaba mamá mamá, esto es muy amusant. Y los zapatitos de charol le abrían pequeñas heridas entre los pectorales. Y la carne viva se infectaba de la suela de sus zapatos. Y el hombre altivo la empujó de golpe y todos de pronto frenaron el paso. Lo golpearon. Cerró los ojos y volvió a morir.

Despertó. Esta vez estaba dentro de una habitación blanca, probablemente dentro de un hospital. En su cuerpo entero tenía escrita la palabra "vegetal". De sus venas salían tubos que lo proveían de almidón. ¿Almidón? ¿Qué lugar es este? ¿En qué lugar estoy? Y la piel se le puso roja. Atizado con el mundo pensó que con sus billetes mataría a cada uno de los responsables. Y frente a un juez se quedó en silencio y sin estribos cuando su acusado había sido él mismo. Él mismo. Y esta vez se vio un tanto pequeño rezongando a las órdenes de una Blanca Nieves propia de 1929. Esa Blanca Nieves que resultaba ser capitalista y que había hecho de él una aplastante zapatilla karmáticamente revertida. Karmáticamente revertida, sí, en esta su ridícula pesadilla.

lunes, 7 de enero de 2008

+ una dama de guerra +

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Y el huracán se la llevó de encuentro arrebatándole el corazón y dejando estragos a su alrededor. Desolación. Sus pupilas habían perdido color como diamantes marchitos y la única ilusión escondida tras rayos verdosos de un iris marrón ahora yacía perdida en retinas de frágil cristal. Vacío. No hay imágenes dulces que recordar ni escenas vivas que capturar. Y como mariposas sus sentimientos se escapan al cielo y llora sin dolor ya sin saber por qué. La diligencia con la que el huracán se despidió revoloteando su cabellera y atormentándole con pérdidas la dejaron hecha mujer de grietas. Y son fisuras que sólo un curandero que aún desconoce logrará cerrar. Y luego ella niega estas palabras. Me sujeta de las muñecas y me atraviesa con esa mirada desencantada. Y es que ella es una dama de guerra y sabe ponerse de pie. Aún con el cabello revuelto y el cuerpo hecho trizas, ella sabe ponerse de pie.

domingo, 6 de enero de 2008

+ piedras verdes +

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Piedras. Verdes piedras que emiten luz. Ella sostiene. Y encadenadas una con otra ella miente. Corporalmente miente. Dice deseo. Con palabras mudas me ama y con movimientos falsos me ata. Me ata a ella. Y esas piedras verdes ocultan su verdad. Son la superficie de una piel falaz. Y ella sonríe de vez en cuando y me invoca. Me invoca como si fuese vapor. Quiere que me haga materia y que sienta, que sienta lo que ella no siente ni sentirá. Y mueve las piedras hacia abajo, hacia arriba. Y me hiela la vista. Piedras verdes color víbora. Y ella encadena y lo sabe hacer. Y soy prisionero y no puedo ver bien. Vapor, ella me dice. Vapor me dice cuando me condena con su piel. Y ella solo cautiva y envenena. Me tira al río y me ahogo en ella. Busco piedras verdes y muero.

Muero.
Sin resistencia.