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experimentando un poco con lo que pasa por mi cabeza; ayer, hoy y tal vez mañana



Ella se sujetaba el cabello para que él pudiera recorrerle el cuello con sus labios mejor. Cerraba los ojos y le decía que no se detuviera, que siguiera, que siguiera...Le mordía la oreja mientras él acariciaba una espalda de protuberante final. Maldito sea ese tipo, pensaba. No podía dejarlos de imaginar. Él sobre ella, ella sobre él...Salimos del cine y ella comenzó con el blah blah de que era tarde, que la iban a castigar, que aún seguía en el colegio y que mañana tenía trabajo grupal, etc, etc. Le derramé mi gaseosa sobre su pecho. Perdon, le dije. Quise que pareciera accidental. Ella me miró con dureza y no me dijo palabra. Sabía que la estaba pasando mal. Sabía que quería deshacerse de mí pero no me importó. No soy su muñeco de trapo, me dije. No, no lo soy. Me convencí.
Me dijo que se sentía avergonzado, que quería compensarme invitándome a comer algo especial. En realidad quería irme lo más pronto posible pero como tenía hambre acepté la invitación. Sentía frío en el pecho. Él lo notó, pero no me dio su casaca ni me abrazó. Que idiota, pensé. Aún no entendía porqué había salido con él. Por momentos era complaciente, por otros, no.
Fuimos a un local de comida rápida. Entramos. Una vez sentados y en silencio, su celular sonó. Era el tipo. Lo supe por su mirada y por el tono de su voz.
Traté de responderle lo más breve posible para que no sospechara. Recuerdo que me miraba demasiado. Intentaba evadir sus ojos pero era inútil. Estaba por doquier. Colgué. Le sonreí y le dije si ya nos podíamos ir. Ya no tengo hambre, le dije. Yo sí, me respondío.
Le dije que era una consentida. Luego de un silencio, ella empezó a decir tonterías sobre nuestra diferencia de edades...que si yo era tan mayor por qué no mostraba un poco de seriedad y cosas por el estilo. Me decía cosas a las que ya no prestaba atención. Blah blah blah hasta que su celular sonó una vez más. Una sensación caliente recorrió mi garganta. Antes de que contestara,
me clavó con la mirada y me dijo:
.
.
.
Él no estaba bromeando. Lo decía en serio.
Ella contestó e hizo lo que le dije.
Hice lo que me dijo. Me seguía mirando y sentí miedo.
Fui un idiota pero no quise pedirle perdón.
Me dijo que pidiera algo de comer.
Sus manos temblaban y me dijo que no.
Quise que se fuera pero se sentó a mi lado.
Quería decirle lo mucho que me gustaba pero me callé.
Me susurró perdón al oído una y otra vez .
Ella me apartó.
Él se alejó.
Le dije que era una engreída, que si quería irse que se fuera.
Me dijo "¡entonces, vete!"
Y ella empezó a llorar.
Y en realidad, no quería irme.
Quería que se quedara.
Y ella no se fue...
Y él me abrazó...
...


Hola. Disculpa que haga esto sin aviso previo. Perdona que haga un viaje al interior, que vas dejando al olvido, en lugar de un exterior. Y no es que existan reproches ni caprichos que como vino seco prefiera callar. Los recuerdos son lindos. Lo sabes. Siempre lo serán. Y verás sorprendido que días futuros traerán dulces momentos repeditos. Que será otra la chica, otro el lugar, otras las palabras, misma la esencia, misma película blanco y negro que cobra una nueva tonalidad. Perdona, perpetuo incierto, eterna sonrisa, esta manera de dejarnos partir. Nada tiene que ver el distanciamiento de hace cinco años (lo recuerdas?), ni las ganas de verte, ni de tenerte cerca como niña que busca el abrazo del hermano mayor. No te ofendas. No es que no lo quiera ahora, es tan sólo esa puerta y ese momento (tu y yo) en mis 18 años. Yo con mi mochila, tú con las maletas. Hace dos años...
Y perdona que permita soltar el delgado lazo que nos ata. Que vivimos tan lejanos que el día a día nos hará olvidar. Que tan sólo dulces dejavus nos harán recordar lo no vivido y lo sí callado. Y como dice la canción, que 20 años no es nada, que febril la mirada que errante en la sombra te busca y te nombra. Que como digo yo, eneros silenciosos no significarán nada. Que será otra la chica, otro el lugar y otras las palabras. Y estará bien.
Que seremos distintos mientras estes lejos,
Que seremos los mismos, cuando decidas volver.











Y es león dormido y espera pacientemente que alguien se le acerque. Que le jalen la melena sin temor. Un amor. Que de un mordisco pueda jugar a ser Dios con el adiós. Y no sabe por dentro que no es bueno para las despedidas. Que quisiera despedirse, despedirla, que quisiera poner fin por fin a la existencia del otro perteneciente a un mundo que sólo cree para él. Y ese león no sabe. Cree saber y juega al azar. Utiliza los dados. No da pasos firmes porque la única vez que estuvo a punto de hacerlo sintió miedo y prefirió ser fierro oxidado a que valerse de aceite para no chirriar. Y esa falta de aceite le hace sentir como león de metal. Una carcocha que duerme y no sabe rugir. No tiene motor dentro y las garras que sobresalen de sus patas no son más temerarias ni peligrosas para quien lo quiera intimidar. ¿Intimidar? Y el recuerdo del aceite que alguna vez tuvo aún huele en su cabellera. Y lo percibe. Y la siente. Y se recuesta sobre el césped para poder olvidar. Para olvidar lo que tuvo y lo que nunca tendrá.

