
En la ducha ella rie en juguetones abrazos. Besándole el cuello, él no la aparta de sus brazos. Los segundos parecen no transcurrir cuando ambos cruzan miradas. Por un extraño motivo las risas desvanecen y sólo resta el silencio que enigmáticamente los une a los dos. Casi sin parpadear en un momento de quietud y de sempiterna calidez, ambos juntan sus cuerpos con un dolor interno que no saben comprender. La mano de él impulsivamente palpa el rostro de ella hasta recorrer como gotas que resbalan la piel de su espalda. Ella junta su cabeza a la de él, con una mano le acaricia la mejilla y lo mira como si fuese un niño que no puede perder. En la habitación 104, ambos se besan perdidos en los labios del otro sin risas ni llantos. Ensimismados en un mundo lejano al nuestro,
ellos hacen el amor.