
Inmerso en un silencio peyorativo y con las lunas de los lentes algo nublados, él la mira a ella sentada en el sofá jugando con sus dedos y un vaso de agua. Su brillo se había perdido y ahora sólo quedaba ella y la pena. No podía decirle nada en ese momento, la impotencia de no saber cómo reconfortarla era mayor. Ella por su parte, pensaba en aquel que días antes, sin previo aviso, se había marchado. Como recuerdo suyo tenía, en su vientre, a un niño que llevaría su nombre y su sangre. El niño no tendría padre. Ciega la vista y ciego el corazón roto que no pudo verlo a él, (este otro) de pie frente a ella, verla mover sus dedos con un vaso de cristal. Ella pensó mejor amigo, no estas aquí. Casi leyendo su pensamiento, de la habitación 105 él decidió partir. Con la inutilidad en los labios que no pronunciaron palabra cerró la puerta tras de sí sin arrepentirse de no haberle dicho ven conmigo, yo te haré feliz.
¿Por qué entonces, sin arrepentimientos, sintió su pecho contraído y su cuerpo débil al caminar?
¿Por qué entonces, sin arrepentimientos, sintió su pecho contraído y su cuerpo débil al caminar?