jueves, 21 de febrero de 2008

+ al pequeño burgués +

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Un actor. Un escenario. Butacas casi vacías y gente bostezando. Escena número IV. Maurice debía mirarse al espejo e iniciar el discurso existencial. Algo así como la mentalidad esteta buscando camino a la esfera religiosa por entre la duda. El descubrimiento de la no existencia de una personalidad era lo que se debía interpretar. Toses de las falsas y forzadas. Debes ignorar, pensaba. Concentración. Un actor. Podía hasta contar el número de butacas que padecían el sobrepeso corporal de algún susodicho tras el lloriqueo de un agonizante resorte en oxidación. Escena número… El piano empieza a sonar. Las notas pausadas son gotas que caen para un tímpano de sensibilidad. ¿Es que sienten lo que yo siento? Un escenario. ¿Es que entienden lo que una representación busca expresar? Butacas casi vacías y gente bostezando. La puesta en escena no es un reflejo de arte si no se le entiende, si no se le siente. Actuación sin sentido es sólo falsedad. Movimientos premeditados, rostros fingidos, palabras memorizadas no son más que pedazos de una realidad hipócrita y pretendiente para un público inerte alimentado de incredulidad…de automaticidad y detrimento inevitable. Escena número…escena número IV. Maurice debía mirarse al espejo y lo hizo no actuando, sino con la naturalidad de una repentina privacidad. Su rostro es flor marchita. Sin guión, no tiene mensaje. Sin público que atisba, no tiene vida que dar. Los pétalos caen y el telón también. La función no culmina.

La poca gente se queda, pero Maurice sin darlo todo se va.