
Él estaba aún en el pasillo. Caminando a paso lento por el primer piso se dirigía al ascensor. La puerta de metal se veía a la distancia, pero la letanía de su caminar lo hacía cada vez más consciente de sus pocos deseos de llegar a su habitación.
Dentro sentía un instinto que con susurros y ecos le recomendaban un camino mejor.
El raciocinio le decía que mantuviera el temple pero inútil fueron sus intentos de cordura cuando al pasar por la habitación 107 vio la puerta abierta y a ella esperándolo de pie. Sin decir palabra ella se acercó y de la mano lo llevó dentro de la habitación cerrando la puerta con seguro tras de él. Las palabras de un rebuscado y forzado rechazo no pudieron salir de sus labios en el momento en que ella juntó su pecho con el suyo. Desabotonando los primeros botones de su camisa, ella tomó su mano izquierda y con los dientes le arrebató el anillo dorado que asfixiaba su dedo anular.
(inconsciencia...)
En la habitación de arriba lo esperaba la mujer a quien le había prometido amor eterno y cuyo nombre estaba grabado en el anillo que ahora yacía tirado en el suelo.