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El encuentro fue casual, claro. Era una época en la que él se sentía dueño de su vida muy a pesar de ser todavía un chiquillo dependiente. Ella en cambio andaba en sentido contrario. Estaba en los inicios de una edad espléndida pero lamentablemente truncada por una mentalidad de temor. Se vieron por primera vez en una tienda de discos. Ella era la vendedora y él, el cliente exigente. Apenas se miraron a los ojos mientras ella envolvía el disco de heavy metal y él rebuscaba el dinero dentro de su billetera. No se dijeron ni gracias ni hasta luego. Inmersos en pensamientos, sus vidas se resumían en cortos momentos que marcaban etapas: ella acababa de terminar con su novio, él de recibir unos cuantos golpes de su papá. Se vieron por segunda, tercera y cuarta vez dentro del mismo autobús que tenía por destino las afueras de la ciudad. Tampoco se vieron a los ojos y tampoco se supieron reconocer cuando a ella se le cayeron un par de libros de las manos y él, por una extraña e inusual razón, decidió ayudarla a levantarlos. La quinta vez fue dentro de un ascensor luego de seis años de encuentros casuales. Ambos estaban en un país lejano del que alguna vez habían nacido, ambos huyendo, ambos buscando recomenzar. Los dos tomaron el ascensor en el primer piso con el deseo de llegar al piso 22. Por primera vez se miraron a los ojos parsimoniosamente. A ella le gustó él. A él, por el contrario, no tanto. Estuvieron solos durante el trayecto de tres minutos de silencio. Él fue el primero en apartarle la mirada. Ella, olvidándose de la atracción, salió del ascensor primero y se dirigió a su habitación.
Cuatro días después le pareció haberla visto atendiendo en un restaurante. Por una (y segunda) extraña razón él quiso cerciorarse y le dirigió la palabra a la camarera. Al voltear no fue ella. Misteriosamente decepcionado, él se dio cuenta de sus repentinas y curiosas ganas de verla a ella. Sí, a ella. Así, la sexta vez que se vieron no fue casual. Él logró averiguar un poco de ella en recepción. La siguió un par de veces y le sonrió cuando pudo. Pero a ella ahora le parecía poco atractivo. Tenía la barba desordenada, el pelo desarreglado y la mirada desorbitada. Sólo recién a la 12va vez que se vieron (ella, una fotógrafa inspirada en una galería, él, el pintor) se lograron conocer. Recordaron un poco la adolescencia al notar lugares y ambientes comunes entre los dos. Ambos riendo un poco. Ambos sin saber de sus primeros encuentros a la edad de dieciséis. Empezaron a salir. Dos meses después él se tuvo que ir y ella lo terminó. No hubo amor. Cada quien siguió su vida pero tuvieron que pasar tres años después para darse cuenta de que en realidad, cada uno por su cuenta no podían seguir. El error que ante un orgullo debilitado tuvieron que reconocer: sí hubo amor. Se casaron. Para muchos fue una locura porque solo habían estado saliendo un par de meses y años después decidieron amarse. Eso pensaban, “decidieron amarse”. Pero la pequeña ceremonia de un matrimonio civil, cálido e innovador, de una pareja de inevitables encuentros era lo suficiente como para no dar explicaciones de aquel lazo que los unía a los dos. Y es que tampoco existían explicaciones posibles que dar. Sólo sucedió. Y ninguno de los dos, lo pensó dos veces. Y es que tan solo…
no le busquemos explicación.