jueves, 10 de julio de 2008

+ eterno resplandor +

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Está lloviendo y no se molesta en llevar el paraguas. Llora descontroladamente y se dirige a una cabina telefónica a meter unas cuantas monedas por entre una desgastada ranura. Las uñas sucias de dedos temblorosos le hacen recordar el estado patético en el que se encuentra. No le interesa. Se limpia la congestionada nariz con la manga de su casaca. Red ocupada. Sale de la cabina y la lluvia lo baña como si estuviera perdido dentro de una ducha sin techo y cortinas. Empieza a trotar. Las botas salpican charcos de suciedad a la gente que camina cautelosamente a su alrededor. Lo maldicen. Loco, dicen algunos. Demente, le gritan por detrás. De pronto la casaca le empieza a pesar. Siente que es peso muerto, así que corriendo, se deshace de ella y siente como las gotas lo empapan de frialdad. Se detiene. Llega al cruce de las cuatro avenidas. Los autos avanzan indiferentes y los semáforos no dejan de parpadear colores que a duras penas logra distinguir. Estás perdiendo la vista, amor mío. ¿Por qué no te detienes? No la encontrarás. El pecho agitado le recuerda la existencia de un corazón que creía extraviado. Bombea, bombea. ¿Cuánto más hace falta para que pueda estallar?

Clemencia,
piedad.
Clementine...
Clementine...